JUAN ANTONIO

A Juan Antonio el olor a pescado frito le recordó su infancia, su tierra lejana. Se había echado en la cama y pensó en el pueblo que tuvo que dejar muy joven. Pensó que quizás, habría lugares más bellos y que en muchos sitios de Andalucía el clima podía ser extremado e inclemente, pero allí, el campo, la naturaleza, era algo consustancial a la vida y al paisaje, algo donde él se agarraba ahora en su memoria.
Tal vez no recordaba praderas infinitas de verde perenne, pero llevaba en su memoria el blanco impoluto de las sierras y el azul límpido del mar y de cada aurora.
Y había disfrutado de las noches del sur, de las cuales un poeta dijo que tenían algo de mágicas.
Que los jazmines, las parras y las estrellas se conjugaban y convergían al morir el crepúsculo, para hacerlas únicas.
Y que esas horas, tras el día caluroso y agobiante, eran un respiro y una promesa de los mejores augurios para que los sentidos se rindieran y se deseara el descanso.
Entonces tenía sentido buscar la soledad.
Los elementos: hombres, tierra e ilusiones, hacían una pausa y cesaban en su trasiego, para comenzar con más fuerza, si cabe, otra día.
Pero en el entorno de Sierra Nevada - su tierra- había algo aún más mágico que una noche del Sur: eran los amaneceres, las luces intermedias, el amalgama de azul pálido y rojo indeciso (casi rosa), sobre los campos.
A esa hora, los olores ya habían pasado y se transformaban en frescura, en transparencias, en claridades apenas intuidas que se imponían poco a poco al día que nacía.
RELATOS BREVES


MIS LIBROS
INVENTARIO DE POESÍA
ASÍ ME LO CONTARON


ANDALUCÍA VIVA













Jose Dominguez Dominguez dijo
¡Resulta estimulante leerte de nuevo!
Todos, más pronto o más tarde, acabamos refugiándonos en la memoria, tal vez con el fin de atarnos a una vida que rápidamente huye de nosotros, tanto más rápidamente, cuánto mayor sea nuestra edad.
En esta existencia de eternos viajeros que todos somos yo también poseo mis recuerdos del sur, de ese sur que una vez fue el latido de Europa y más tarde se convirtió en olvido, peonadas y emigración. Apenas sombras del recuerdo, risas y juegos de niños, el verdor de las hojas de un cerezo, que desde la corta altura de los ojos de un niño semejaba ser imponente coloso, y el rebaño de unas cabras guiadas por mastines provistos de agudos collares para lobos, porque entonces, aún había lobos por aquellas solanas y umbrías, antes de que los decretos contra los animales salvajes y las alimañas acabasen con todos ellos.
Luego, poco más, el largo y pesado viaje en un viejo tren de vapor y asientos de madera en tercera para intentar salvar un brazo que, un “matasanos”, había transformado, su simple fractura, en una muy posible minusvalía. La llegada a un Madrid en el que aún se veían las heridas abiertas de la guerra en sus edificios y se respiraba el ambiente de la “liberación”, todo ello entre la Cartilla del Racionamiento y la obligada visita, todas las Navidades, del Circo Americano que montaba su carpa en el solar dejado por la antigua plaza de toros.
Cuando regresé al sur, descubrí la mar y esas noches tibias y perfumadas imposibles de encontrar en otro lugar. Todo era placidez y sosiego y la estatua del marqués de Larios vigilaba a diario mis nocturnos paseos por la Alameda. A mi tierra, al pueblo dónde había nacido, aún tuvieron que pasar algunos años más, más de veinte desde que salí de él y poco debió haber cambiado en todo este tiempo salvo que se había despoblado, claro que esto no era novedad en aquella España que vaciaba pueblos y llenaba barriadas de chabolas en las periferias de las ciudades.
En fin, como puedes ver, yo también recurro a la memoria para asirme a esa vida que, indefectiblemente, se me escapa o por tratar de revivir un tiempo en el que uno cree haber sido más feliz, falso espejismo, tan solo se trata del filtro con el que disfrazamos nuestra memoria.
Un saludo.
25 Abril 2007 | 09:12 PM